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El Enfoque de Migración Transnacional

La literatura sobre la movilidad de la población suele distinguir dos grandes categorías o tipos de migración, la “migración permanente” o definitiva, y la “migración temporal” o circular. En esta tipología, lo básico para la categorización de la migración, es la relación que a través de ella, se establece entre lo que sería la comunidad o región de origen y la de destino (Roberts, Frank y Lozano, 1999). En el primer caso, en particular, la definición de una y otra es simple y directa, y se corresponde con la definición que tradicionalmente se ha usado en la demografía para estimar los cambios de residencia internos e internacionales a través de censos y encuestas. En este sentido, el problema es delimitar el tiempo necesario para que un cambio de residencia se considere como definitivo (Canales, 1999). En el segundo caso, la misma definición de “origen” y “destino” es algo más borrosa, por cuanto el individuo o su familia no modifican su residencia habitual. Se trata más bien de la configuración de un circuito migratorio, cuyo origen o centro, es la comunidad de residencia habitual, y los “destinos” son sólo transitorios y temporales.

Inicialmente, estas dos categorías fueron usadas para analizar la migración internacional. Así, la migración europea a América del Norte y a América del Sur, del siglo XIX y principios del siglo XX, se consideró como un típico desplazamiento de tipo permanente o definitivo. Si bien los migrantes europeos mantuvieron estrechos contactos y relaciones con sus comunidades de origen, estas fueron menguando, de modo que en dos o tres generaciones se habían integrado socialmente a sus respectivas regiones de llegada (Portes y Rumbaut, 1996). Para entender este proceso de integración y las tensiones que fue generando, surgieron diversos esquemas, entre los cuales destacó el “paradigma de soberanía” (Smith, 1993) mediante el cual se pensaba que el migrante llegaba a convertirse en ciudadano, por medio de su asimilación o “americanización” (Rumbaut, 1997).

Por su parte, la migración temporal pareció ser una categoría clave para entender los continuos y permanentes desplazamientos de mexicanos hacia Estados Unidos (Bustamante, 1975). Si bien, no pocos mexicanos a lo largo del siglo XX se quedaron a vivir en forma definitiva en los Estados Unidos, es claro, que hasta mediado de los setenta al menos, el grueso de la migración estaba compuesta por individuos que establecían desplazamientos circulares y recurrentes entre sus comunidades de origen, y diversas zonas rurales del sur de los Estados Unidos, y en donde, la migración no podía entenderse como un evento único, sino como una carrera migratoria, pero cuyo destino final, solía ser el retorno definitivo a las comunidades de origen en México. En este caso, el paradigma de la soberanía, o de la asimilación, también parecía funcionar, pero en un sentido opuesto a la migración permanente. El carácter temporal y transitorio de la migración, obstaculizaba el proceso de asimilación y americanización del migrante, en la medida que se mantenía un fuerte y poderoso sentido de pertenencia social, cultural y política con las comunidades, regiones y países de origen (Smith, 1993).

Sin embargo, diversos estudios han mostrado que este esquema de análisis parece no ser útil para entender las características y formas que ha asumido el proceso migratorio a nivel internacional a partir de las últimas décadas del siglo XX. En el caso de la migración México-Estados Unidos, el proceso de asentamiento de la población migrante no estaría necesariamente vinculado a dichos patrones, sino que adquiriría un perfil demográfico, social y cultural notablemente diferente del reflejado por aquel modelo. El asentamiento de migrantes mexicanos habría alcanzado una masa crítica de tal forma que diversos espacios de la migración se estarían modificando y configurando como espacios sociales pluri-locales, los cuales se sustentan en las redes e intercambios que vinculan en forma cotidiana y permanente las comunidades de origen y las de destino. Se trata de la conformación y consolidación de redes sociales que hacen del proceso migratorio un fenómeno social y cultural de profundas raíces (Massey, et al, 1987). Así por ejemplo, en aquellas regiones y comunidades donde se ha presentado con más intensidad a lo largo del tiempo se ha configurado un complejo sistema de redes de intercambio y circulación de gente, dinero, bienes e información que tiende a transformar los asentamientos de migrantes a ambos lados de la frontera en una sola gran comunidad dispersa en una multitud de localizaciones (Rouse, 1992).

Algunos autores se refieren a este proceso como la conformación de comunidades transnacionales (Smith, 1993; Portes, 1997; Georges, 1990; Roberts, Frank y Lozano, 1999). Se trata de la dislocación y desestructuración del concepto tradicional de “comunidad”, especialmente en términos de sus dimensiones espaciales y territoriales (Kearnay y Nagengast, 1989; Rouse, 1991). Esta virtual “desterritorialización” de las comunidades viene dado por este continuo flujo e intercambio de personas, bienes e información que surgen con y de la migración, y hacen que la reproducción de las comunidades de origen en México esté directa e intrínsecamente ligada con los distintos asentamientos de los migrantes en barrios urbanos y pueblos rurales de los Estados Unidos (Alarcón, 1995; Hondagneu-Zotelo, 1994). Esta nueva forma social y espacial que asume el proceso migratorio, implica también una dislocación y desestructuración del concepto tradicional de migración y de migrante. Por de pronto, la migración ya no se refiere necesariamente a un acto de mudanza de la residencia habitual, sino que se transforma en un estado y forma de vida, “de un medio de cambio del lugar de residencia se transforma en un contenido de una nueva existencia y reproducción sociales” (Pries, 1999:3). Como forma de vida y existencia, sostenemos que la conceptualización del proceso migratorio contemporáneo no puede reducirse a dar cuenta de un mero flujo de personas y/o de trabajadores, sino que debe también referirse e integrar, un no menos importante flujo e intercambio de bienes materiales y simbólicos, esto es, de recursos económicos, culturales, sociales y políticos. Asimismo, la migración no implica sólo un flujo en un único sentido, sino un desplazamiento recurrente y circular, un continuo intercambio de personas, bienes, símbolos e información.

Diversos autores han planteado el concepto de “transmigración” y “transmigrantes” para referirse a estas nuevas modalidades y formas que asume la movilidad de la población a nivel mundial (Tilly, 1990; Smart, 1999; Portes, 1997; y Glick Schiller, Basch y Blanc-Szanton, 1992). La transmigración difiere de las formas clásicas de migración, porque ella implica la consolidación de nuevos espacios sociales que van más allá de las comunidad de origen y de destino, se trata de la expansión transnacional del espacio de las comunidades mediante prácticas sociales, artefactos, y sistemas de símbolos transnacionales. A diferencia de la migración temporal, la transmigración no define una situación transitoria, sino que refleja esta emergencia de espacios pluri-locales y de comunidades transnacionales, en donde además, la condición de migrante se transforma por completo.


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